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"El sexo sólo es sucio si se hace bien" (Woody Allen)

Jueves, 12 de enero de 2006

"El Género en Disputa"

Reseña del texto: "El Género en Disputa". de Judith Butler. Cap. 1

“Escribir sobre esta desnaturalización (…) obedece a un deseo de vivir, de hacer la vida posible, y de replantear lo posible en cuanto tal”

Judith Butler
Nació en Estados Unidos en 1956. Ha sido profesora en la European Graduate School en Saas-Fee, Suiza, y actualmente es Profesora de Filosofía en los Departamentos de Retórica y de Literatura Comparada en la Universidad de California, Berkeley.

Es autora de los libros “El género en disputa”, “Cuerpos que importan”, “Mecanismos psíquicos del poder”, y “El grito de Antífona”. Butler ha tenido siempre un pie en la academia y otro en la militancia. Su obra es deudora de sus importantes acercamientos al feminismo teórico, los debates sobre el carácter socialmente construido del género, el psicoanálisis, los estudios pioneros sobre el travestismo, así como de su activa participación en movimientos defensores de la diversidad sexual.


El género en disputa
Esta obra, escrita en 1989, es actualmente considerada como una de las fundadoras de la teoría queer, rebasando con ello los alcances que su misma autora suponía. Su interés al escribirla era “criticar un supuesto heterosexual dominante en la teoría literaria feminista”. El objetivo del texto era “abrir el campo de la posibilidad para el género”, desestabilizando todo intento de deslegitimar las prácticas minoritarias de sexualidad y género. Como la misma autora declara, el texto se caracteriza por su promiscuidad intelectual, en la que juegan un papel importante los aportes teóricos de autores franceses como Lévi-Satrauss, Foucault, Lacan, Kristeva y Witting, así como autoras de teoría feminista como Gayle Rubin y Esther Newton, entre otras.

En este libro Butler señala que el género está en tela de juicio, dado que ya no puede entenderse como algo que se consolida mediante la sexualidad normativa. Una posición feminista sostendría que el concepto de género debe eliminarse porque siempre es un signo de subordinación. Nuestra autora, no obstante, advierte que “el género puede hacerse ambiguo sin trastornar ni reorientar en absoluto la sexualidad normativa”, es decir, que no necesariamente erradicar el género dará por terminada la subordinación de la mujer.

La propuesta es, entonces, pensar el género como performativo, es decir, no como una esencia interna, sino como una construcción sostenida por actos, una puesta en escena, que termina siendo naturalizada a través de variados mecanismos, entre ellos, las normas gramaticales. Este conocimiento naturalizado del género “funciona como una circunscripción con derecho preferente y violenta de la realidad”, privando de legitimidad a toda opción diferente de la normativa. “Si hay una tarea normativa positiva en El género en disputa, es insistir en la extensión de esta legitimidad a los cuerpos que han sido vistos como falsos, irreales e ininteligibles”, nos dice la autora.

Toda esta obra, es una hermosa y valiente apuesta de Butler por trascender las categorías simples de la identidad y dar lugar a la complejidad irreductible de la sexualidad.

Sujetos de sexo/género/deseo
En este capítulo de El género es disputa, la autora cuestiona, en primer lugar, el hecho de considerar a las mujeres como sujetos del feminismo.
Para hacerlo, parte de la común aceptación de que existe una identidad común recogida en la categoría de “mujeres”, la cual resulta útil para desarrollar un lenguaje sobre dicha categoría que permita fomentar su visibilidad política. No obstante, en las últimas décadas ha quedado claro que no hay consenso sobre qué constituye o debería constituir la categoría de las mujeres. Butler se vale aquí de un señalamiento de Foucault, según el cual “los sistemas jurídicos de poder producen a los sujetos que después llegan a representar”. Así, aunque el contenido de la categoría “mujer” no es claro, la estructura de poder determina a este sujeto, y lo hace con ciertos objetivos legitimadores y excluyentes. El problema surge cuando, en el intento de emancipar a las mujeres del sistema político que las constituye como sujetos subordinados, nos valemos de ese mismo sistema discursivo.

Luego de enunciar esas “ficciones fundacionales que apoyan la noción del sujeto (mujer)”, la autora se plantea la siguiente cuestión: “¿Existe algún elemento que sea común entre las mujeres anterior a su opresión, o bien las mujeres se vinculan únicamente en virtud de su opresión?”. Al parecer, no existe ese pretendido referente, sino que la oposición masculino - femenino es el marco exclusivo que permite reconocer la especificidad de la mujer. Sin embargo, a pesar de lo anterior, incluso entendida en la lógica de lo masculino – femenino, la categoría mujer está descontextualizada, por cuanto se la separa de otros factores que constituyen la identidad, como lo son la raza, la etnia y la clase.

Si bien no es posible escapar del campo de la representación, mediante el cual se nutre la categoría “mujer”, si lo es “crear una genealogía crítica de sus prácticas legitimadoras”, es decir, adoptar una posición reflexiva sobre las categorías de identidad que han sido naturalizadas. Se hace necesario, entonces, no fijar el sujeto, concretamente, el sujeto “mujer”, no darlo por sentado en ningún caso. Este es el espíritu que recoge la teoría queer. En el caso concreto de las mujeres Butler afirma “El carácter incompleto de la definición de esta categoría (“mujeres”) puede servir, entonces, como un ideal normativo liberado de la fuerza coercitiva”.
Así las cosas, afirma la autora, resulta deseable una nueva política feminista, que considere la construcción variable de la identidad, en tanto requisito metodológico y fin político.

De lo anterior puede concluirse que, “si el género es los significados culturales que asume el cuerpo sexuado, entonces no puede decirse que un género sea resultado de un sexo de manera única”. La propuesta de Butler es romper con el sistema binario de géneros, el cual mantiene la relación mimética entre género y sexo, asumiendo que el primero está determinado por el segundo. En cambio de ese binarismo, se propone inicialmente una visión no esencialista del género, en la cual éste es construido. La construcción del género supone un cogito, un sujeto que se apropia de un género “y en principio podría asumir algún otro”. A esta propuesta, Butler añade otra, acaso más atrevida y controversial: “el sexo, por definición siempre ha sido género”.

Tal como entiendo esta última afirmación, la propuesta es dejar de concebir el cuerpo como un medio pasivo, sobre el cual se inscriben los significados culturales, y pasar a entenderlo también como una construcción.

Para profundizar en este análisis, Butler expone la posición de Luce Irigaray, según la cual las mujeres constituyen una paradoja dentro del sistema de la identidad. La autora se vale de esta misma referencia en “Cuerpos que importan”, obra en la cual acentúa sus tesis sobre la corporalidad. Allí, se nos muestra cómo Irigaray utiliza la distinción entre forma y materia propuesta por Platón. El propósito de esta última autora es mostrar que las oposiciones binarias (forma – materia, etc.) se han formulado debido a la exclusión de otros campos de posibilidades, y que dichas oposiciones son parte de una “economía falogocéntrica que produce lo femenino como su exterior constitutivo”.

A partir de su lectura crítica de la historia de la filosofía, Irigaray afirma que para constituirse como tal, esta disciplina (la filosofía) excluyó lo femenino, y se da a la tarea de rastrear en los textos aquello que los mismos se niegan a incluir (lo femenino). Para esta autora, “la mujer no tiene una esencia” justamente porque “la mujer” es lo excluido en el discurso de la metafísica. Toda exclusión, inscribe lo excluido en un espacio que ya no puede tematizarse. Lo excluido es producido por la oposición binaria y no tiene una existencia separable como un exterior absoluto. Lo masculino, en este caso, ocupa los dos lugares del binarismo, y lo femenino se domestica dentro de un falogocentrismo, sobreviviendo como el espacio de inscripción de ese falogocentrismo.

Es el primer capítulo de “El género en disputa”, Butler pone a discutir a Irigaray con Beauvoir, autoras que difieren respecto a las estructuras fundamentales por las cuales se reproduce la asimetría entre los géneros. El punto central de la diferencia que aquí se expone radica en que para Beauvoir el sexo femenino está marcado, es la carencia frente a la cual se diferencia la identidad masculina, mientras que para Irigaray, el sexo femenino no es una “carencia” ni un “otro”, sino que elude toda forma de representación, por lo cual no puede estar marcado. Con base en estos dos puntos de vista se construye una problemática del feminismo en torno a la cuestión de género: de un lado, puede verse como una característica secundaria de las personas, y por otro, como una posibilidad estructural y semántica excluida.

El principal punto débil de ambas posiciones es su alcance globalizador, pues se intuye en cada análisis una economía masculinista monolítica que atraviesa todos los contextos sociales posibles, lo cual, sugiere Butler, puede constituirse como un “imperialismo epistemológico”, que debe ser examinado con visión crítica. Toda afirmación universalista excluye, de por sí, otras posibilidades, de manera que una afirmación de este tipo respecto de las mujeres es normativa y excluyente.

Por otro lado, la autora señala que existen intentos de formular políticas de coalición sin dar por sentado un contenido de la categoría “mujeres”. No obstante, hay que andar con cuidado por esta idea, ya que puede fácilmente volverse a fijar el sentido, esta vez, el sentido de la “coalición”, con lo cual se obtendría una unidad en el resultado. Es importante, en este sentido, mantener un cuestionamiento permanente de las relaciones de poder que condicionan y limitan las posibilidades dialógicas, instrumento principal para articular una coalición.

En este punto, la autora introduce el problema de la identidad, que resulta de especial interés en el análisis de lo que puede ser el género. Lo primero que se menciona aquí es que pensar la “identidad” no es anterior a pensar la “identidad de género”, puesto que “las personas sólo se vuelven inteligibles cuando adquieren un género ajustado a normas reconocibles de inteligibilidad de género”. Algunas de las premisas del concepto de identidad que deben ponerse en duda son la coherencia y la continuidad, dado que éstos no son rasgos analíticos de la calidad de persona sino normas de inteligibilidad socialmente instituidas. La identidad es entonces un efecto de las prácticas discursivas. Para el caso que nos ocupa, la coherencia y continuidad que se espera es en entre sexo, género, práctica sexual y deseo. Sin embargo, como puede deducirse de lo anterior, estos rasgos no son naturales o propios, sino producto de una construcción, de una expectativa. La matriz cultural -nos dice Butler- ha hecho que algunas identidades (como aquellas en las que el género no es consecuencia del sexo) no puedan existir.

"Si es correcta, aunque sea en parte, la afirmación de Beauvoir respecto de que no se nace mujer sino que se llega a serlo, entonces una mujer es de suyo un térmico en proceso, un convertirse, un construirse del que no se puede decir definitivamente que tenga un origen o un final"



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